enero 25, 2009

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Como Patty y yo ahora éramos “los mejores amigos del mundo”, según ella, no logre quitármela de encima en todo el día.  Así que a la hora del almuerzo me toco conocer a su novio.  No podía imaginarme que alguien pudiera soportar tan terrible tortura por voluntad propia, pero, después de todo, mi abuela siempre dijo que existía alguien ahí afuera para todo el mundo.  Nunca entendí lo que quería decir hasta que Gerardo llego a la mesa en la que estábamos sentados.  Era, simplemente, igual a Patty.  Los zapatos desamarrados porque en algún lugar leyó una vez que los cordones podían producir problemas circulatorios.  La camiseta 1 o 2 tallas más de lo necesario, para “facilidad de movimiento” decía él.  Una pantaloneta y el cabello hecho un desastre.  Sus lentes estaban ligeramente torcidos a la derecha y reparados con lo que parecía ser SuperBonder.

Tener a Gerardo cerca tenía sus ventajas.  Justo después del ‘¡Hola! Soy Gerardo Villalobos’, él y Patty se sumergieron en una conversación que, de manera un tanto obvia, habían comenzado antes.  Trate de prestarles atención durante un rato, pero en realidad no me interesaba si la colonización del continente americano se debía a una necesidad de alimento o huir del frio.  De cualquier manera, no paso mucho tiempo antes de que mi mirada empezara a buscar algo más entretenido en las mesas de alrededor. 

El grupo de amigos con quienes me había sentado el semestre anterior estaban en una mesa hacia la derecha.  Compitiendo por ver quién lograba consumir más vasos de refresco en 1 minuto, nada atrayente.  Al otro lado había una mesa llena de mujeres viéndose en espejos y aplicándose capa tras capa de maquillaje, estaban cerca de la puerta principal, así que supongo que esperaban que los hombres las vieran cuando salían o entraban al comedor.  Y, de pronto, ahí estaba él, sentado solo en una mesa cerca de la ventana de la esquina.  Comía con excesiva delicadeza, procurando que cada bocado fuera del tamaño adecuado.  Era hipnotízante verle comer, en especial porque mientras lo hacía leía las páginas de un libro que no fui capaz de distinguir a la distancia.

Era perfecto, con sus labios ligeramente rellenos y su cabello castaño iluminado por el sol.  Era atractivo y parecía inteligente.  Estudiaba lo mismo que yo y parecía no ser mucho mayor.  Era todo lo que yo había deseado en una pareja, con el pequeño desperfecto de que era hombre y eso era algo que no entendía.  No se supone que un hombre este con otro hombre ¿o sí?  ¡Dios no lo quiso así!  Él creó a Adán y a Eva, hombre y mujer, Él lo hizo así, Él lo quiere así y yo estoy mal, o al menos eso fue lo que pensé en ese momento.  Me faltaba tanto por aprender de la vida, tanto por comprender y experimentar.  Faltaba tanto tiempo.

Mientras lo miraba terminé mi almuerzo y Patty y Gerardo su discusión, ahora peleaban de manera un poco mas física involucrando a sus lenguas.  Decidi que era tiempo de ir por un cigarro.  Fui a dejar mis utensilios a la sección designada y pase a saludar a mis amigos, me entere que tendríamos un par de clases juntos mas tarde en la semana y eso me dio un respiro.  Pase al lado de la mesa del maquillaje sin prestarle atención a las modelos ahí sentadas y cruce la puerta.  La mañana de sol había terminado y ahora caía una leve llovizna, hacia un poco de frio y me di cuenta que mi suéter seguía empacado, nota mental de sacarlo en la noche.  Encendí un cigarro, aspire y espire, sentí el calor en mis pulmones y el suéter fue un poco más innecesario.

“¡Hola! ¿Cómo estás?, no pude evitarlo tuve que venir a presentarme” – Su voz era clara, profunda y ligeramente melodiosa.  En él no existía nada que no me resultara atractivo. – “Soy Marco”.  El segundo cigarro del día que quedo sin terminar.

1 comentarios:

  1. Un suéter.. Aroma a cigarro.. café..
    sé q lo escribiste antes, pero no deja de ser interesante la coincidencia!!

    :D

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